Uno de los aspectos más conocidos de la espiritualidad carmelita es su concepción de la vida espiritual como un recorrido a través de tres etapas: purificación, iluminación y unión. A estas etapas se las suele denominar «camino purificativo», «camino iluminativo» y «camino unitivo». Sus nombres reflejan la actividad predominante de cada una de ellas.
En la primera etapa, realizamos muchos y repetidos esfuerzos por mortificar nuestros hábitos pecaminosos, a fin de desarrollar un modo de vida verdaderamente entregado a Dios.
En la segunda etapa, continúa la purificación de nuestras imperfecciones morales, pero la nota predominante es la de ser iluminados por la gracia de Dios, a medida que Él toma una iniciativa cada vez mayor para enseñarnos su bondad soberana. En esta etapa nos volvemos más receptivos; dado que los principales impedimentos a su acción han sido eliminados, Dios es cada vez más libre para actuar en nosotros. Su realidad se convierte cada vez más en el punto de partida de nuestros pensamientos, voluntades y acciones, y en su punto de llegada.
En la tercera etapa, Dios nos atrae hacia la unión contemplativa con Él mismo: es obra suya por completo, solo Él puede elevarnos a tal degustación y visión de su bondad, y lo único que podemos hacer es ponernos a disposición de la invasión de su ternura. No se trata tanto de una unión a la que nos conducimos nosotros mismos, como de una unión que Él realiza en nosotros, según le place a su Majestad. Los grandes doctores carmelitas, san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, nos aseguran que, a pesar del duro camino que conduce a esta etapa, y a pesar de nuestra impotencia para alcanzarla, una sola degustación de la dulzura del Señor vale cada sufrimiento, cada dolor, cada dificultad; de hecho, es el cielo irrumpiendo en nuestro mundo caído.
No debemos preocuparnos por la etapa en la que nos encontremos (¿estoy a punto de llegar? ¿me sucederá a mí? ¿cuándo sucederá? ¿estoy retrocediendo?). Ese tipo de preocupaciones podrían confundirse con formas sutiles de orgullo, desesperanza o escrupulosidad.[1] Nuestra tarea consiste, más bien, en hacer aquello que está más a nuestro alcance: seguir el camino de la purificación y la búsqueda de la iluminación. Dios hará el resto, a su debido tiempo; nos hará descansar en Él cuando estemos preparados para ello, si no en esta vida, en la vida venidera, siempre que dejemos esta en estado de gracia.
Ahora bien, ¿cómo se aplica esta doctrina espiritual carmelita a la estructura y la experiencia mismas de la misa?
Cada Misa consta de tres partes básicas: una preparación penitencial; la instrucción a partir de la Palabra de Dios; y la renovación del sacrificio del Calvario, cuando la Víctima divina es ofrecida a Dios y nosotros, sus miembros, somos ofrecidos a Dios en unión con Él como nuestra Cabeza.
Por lo tanto, la Misa comienza deliberadamente con un ritual purgativo. Recitamos el Salmo 42 a los pies del altar, como para subrayar inicialmente nuestra lejanía de Dios, nuestra indignidad para acercarnos a Él y nuestra necesidad de Su misericordia para atrevernos a dar un paso adelante y caminar hacia el altar, que representa a Cristo Señor. Confesamos nuestros pecados en el Confiteor; suplicamos la misericordia del Señor en el nueve veces repetido Kyrie eleison. Buscamos purificarnos de todo lo que pueda obstaculizar nuestro progreso hacia la unión con Cristo.
Al pasar a la Oración Colecta, suplicamos la gracia y abrimos nuestra mente y nuestro corazón para que sean moldeados por la Palabra de Dios: así comienza la fase iluminadora de la misa, en la que nos arrodillamos o nos sentamos para escuchar la lectura o lecturas, y nos ponemos de pie para recibir el Evangelio, en el que la propia Palabra de Dios nos enseña. Si estamos despiertos y atentos, la Palabra de Dios podrá penetrar en nuestras almas para que Su Verdad dé forma y medida a nuestros pensamientos y deseos. Dios nos está moldeando para que estemos preparados para la unión con Él. Solo Él puede enseñarnos cómo despojarnos del viejo hombre y revestirnos del nuevo en justicia. Sin Su instrucción, es poco probable que lleguemos muy lejos. Como dice Santo Tomás de Aquino, incluso los filósofos paganos más brillantes solo alcanzaron algunas verdades sobre Dios, tras largos estudios y con una mezcla de errores. Por su revelación, Él no solo se inclina para enseñarnos, sino que pone palabras en nuestra boca con las que honrar su verdad y su justicia. Las lecturas se convierten en una forma de incienso intelectual que le ofrecemos, representando el ascenso de nuestras mentes a su trono.
Con el Ofertorio, iniciamos una nueva acción: una respuesta, simbolizada por el pan y el vino elaborados por los hombres y llevados al altar, mediante la cual le decimos al Señor que nosotros mismos estamos dispuestos a ser ofrecidos a Él como sacrificio, dispuestos a unirnos a Su ofrenda de sí mismo en la Cruz y a entregarnos al fuego de Su amor. Entramos en el camino unitivo, donde nuestro papel es presentarnos en la fiesta, dispuestos a recibir al Señor Jesús, que viene a nosotros en el Sacrificio y se entrega a nosotros. Aunque nos acercamos a su altar, es Él quien nos eleva a la comunión consigo mismo. Como dice San Agustín, mientras que el alimento ordinario se transforma en quien lo come, este alimento celestial, al ser más real y más potente que nosotros, nos transforma en sí mismo y así nos une a nuestro Señor.
Esto, pues, bien vale la pena meditarlo, junto con los maestros carmelitas: la Misa es nuestra inmersión en miniatura en toda la vida espiritual, ¡si tan solo nos abrimos a ella! No te llevará, por supuesto, por completo a través de los caminos purgativo, iluminativo y unitivo —¡eso sería un atajo considerable!—, pero se asemeja a estos caminos en su propia estructura, y realiza algo de su obra en nuestras almas.
El verdadero purificador, maestro y amante de nuestras almas, Jesucristo, está presente entre nosotros, dispuesto a purificarnos a quienes clamamos a Él con humildad, ansioso por iluminarnos con su Palabra y deseoso de unirnos a Él, para comunicar su vida resucitada a nuestros cuerpos y almas. Si entramos en esta gran oración de Cristo y de su Iglesia y la hacemos nuestra, el eje en torno al cual gira el resto de nuestra vida, nos convertiremos, por así decirlo, en aprendices litúrgicos de la sabiduría carmelita; saborearemos y veremos cuán bondadoso es el Señor con quienes le temen e invocan su nombre.
Originalmente publicado el 5 de octubre de 2022, en el sitio web OnePeterFive. Traducción original es nuestra. Nombre original: Seeing Holy Mass with Carmelite Eyes
[1] Urban Hannon expresa cierta molestia por el hecho de recurrir en exceso a esta triple división, y estoy seguro de que muchos compartirían su opinión al respecto:«Ahora bien, los ángeles tienen tres funciones en su jerarquía, en beneficio de quienes se encuentran por debajo de ellos en la escala: purgar o purificar, iluminar o esclarecer, y perfeccionar o unir a Dios. Santo Tomás toma este procedimiento triple de San Dionisio el Areopagita —el «Pseudo-Dionisio», si se quiere, aunque yo no lo hago— de su gran tratado sobre los ángeles, La jerarquía celestial. (Dato curioso: la palabra «jerarquía» parece haber sido inventada por el propio San Dionisio en esta misma obra). Quizá reconozcas esta tríada de la literatura espiritual más moderna, que intenta dividir el progreso cristiano de las personas en el camino purgativo, el camino iluminativo y el camino unitivo. Seré sincero contigo: suelo encontrar estos intentos inútiles, demasiado narcisistas y demasiado experiencialistas, que intentan convertir en ciencia algo que simplemente no es científico, queriendo discernir —o imponer— un conjunto de fenómenos universalizables sobre la vida espiritual, lo cual no funciona y no es el objetivo. Pero lo señalo aquí solo para señalar que el origen de lo purgativo, lo iluminativo y lo unitivo es precisamente la jerarquía angélica —y luego los sacramentos eclesiásticos que son nuestra participación humana en ella. Los ángeles buenos comunican constantemente la bondad de Dios a los que están más abajo en la jerarquía, atrayéndolos cada vez más hacia arriba y hacia la felicidad de Dios, al purificar, iluminar y perfeccionar a los que están confiados a su cuidado». Si recordamos que el origen de esta triple clasificación se encuentra en la doctrina de Dionisio y Aquino sobre lo que los ángeles superiores hacen por los inferiores, recordaremos que Dios nos está purificando, iluminando y uniendo a Él mismo simultáneamente, tanto directamente como por medio de agentes creados.
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