Los dominicos son las «luminarias» más destacadas de la Iglesia. Piénsalo: San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino y Santa Catalina de Siena, entre otros, eran todos dominicos. Es difícil encontrar entre nosotros, los mortales, un mayor esplendor intelectual y una mayor luminosidad espiritual. Siempre me sorprende escuchar lo que Jesús le dijo a Catalina, tal y como se recoge en su Diálogo:
«Con esta luz que se concede al ojo del intelecto, Tomás de Aquino me vio, por lo que adquirió la luz de gran sabiduría; lo mismo ocurrió con Agustín, Jerónimo, los doctores y mis santos. Fueron iluminados por mi Verdad para conocer y comprender mi Verdad en la oscuridad. Por mi Verdad me refiero a la Sagrada Escritura, que parecía oscura porque no se comprendía; no por ningún defecto de las Escrituras, sino de quienes las escuchaban y no las entendían.
Si te fijas en Agustín, y en el glorioso Tomás y Jerónimo, y los demás, verás cuánta luz han arrojado sobre esta esposa, [la Santa Iglesia Católica], extirpando el error, como lámparas colocadas sobre los candelabros, con verdadera y perfecta humildad…
Mirad a mi glorioso Tomás, que contempló con la mirada apacible de su intelecto mi Verdad, por lo que adquirió luz sobrenatural y ciencia infundida por la gracia, pues la obtuvo más por medio de la oración que por el estudio humano. Fue una luz brillante, que iluminó su orden y el cuerpo místico de la Santa Iglesia, disipando las nubes de la herejía.»
Aparte del hecho de que decenas de papas han recomendado a santo Tomás de Aquino como el príncipe de los teólogos durante más de 700 años, me parece que el elogio de Santa Catalina contribuye en gran medida a explicar por qué la Iglesia le concede un lugar tan privilegiado en la enseñanza de la teología sagrada.
Santo Tomás pertenecía a la Orden de Predicadores, llamada «dominicos» en honor a su fundador. Esta fue la primera orden religiosa en la historia de la Iglesia en considerar el estudio —es decir, el trabajo intelectual— como una actividad santa y santificadora en sí misma, algo que vale la pena perseguir no como un mero instrumento para otra cosa, sino como una forma de perfeccionar la imagen de Dios en nosotros, como un auténtico camino hacia Dios. Como corolario, Santo Domingo vio que sin un uso sostenido y serio del intelecto humano, guiado por el Magisterio de la Iglesia, tanto los gobernantes del mundo como los campesinos caerían una y otra vez presa de charlatanes, gamberros, herejes, malos poetas y toda una variedad de fuerzas demoníacas. De hecho, nunca se puede acabar del todo con estos parásitos, pero santo Domingo creó una orden dedicada con férrea determinación a desenmascarar y refutar sus estratagemas mediante la santa predicación y la sana enseñanza. Quizá no sea demasiado exagerado decir que Domingo y los dominicos son los santos que santificaron el estudio de los Grandes Libros, así como la elocuencia que procede de dicho estudio.
Oímos a Santa Catalina decir que Dios concedió a Santo Tomás una luz especial para comprender la Sagrada Escritura. Cuando uno piensa en el celo dominico por el estudio, piensa en la Misa de los Catecúmenos; piensa en escuchar la Escritura proclamada desde el santuario y expuesta en la homilía; piensa en el camino iluminador al que aludí en mi último artículo. Como dice San Agustín en De Doctrina Christiana, todo estudio humano está ordenado a comprender la Palabra de Dios o a comunicarla. La dedicación al estudio, tan abundante en la tradición católica, está en última instancia al servicio de escuchar la Palabra de Dios con una mente completamente preparada para recibirla, de modo que su sabiduría se haga nuestra y nuestra alegría sea completa. Digámoslo de forma provocativa: todo el plan de estudios académico de cualquier institución de enseñanza superior se sostiene o se derrumba dependiendo de si abre los oídos de los estudiantes al mensaje completo de la Revelación Divina, tal y como lo transmite la liturgia de la Iglesia.
Santo Tomás, dice Santa Catalina, obtuvo la luz sobrenatural más por la oración que por el estudio humano. Sus primeros biógrafos relatan que a menudo se tomaba un descanso de sus estudios para ir a descansar la cabeza junto al sagrario. Participaba en la misa dos veces cada mañana: una como celebrante, con su secretario, el hermano Reginaldo, sirviéndole, e inmediatamente después, como acólito en la misa del hermano Reginaldo. La experiencia mística que puso fin abruptamente a la enorme labor literaria de su vida tuvo lugar mientras ofrecía la misa en la fiesta de San Nicolás, el 6 de diciembre de 1273. Tras esta misa, durante la cual derramó copiosas lágrimas, apenas podía hablar y, aparte de una breve carta que dictó a los monjes de Montecassino, no volvió a escribir ni a dictar nada más, hasta que murió unos meses después.
Por lo tanto, no nos sorprende encontrar entre sus escritos numerosas oraciones e himnos muy queridos en honor al Santísimo Sacramento. La mayoría de ellos pertenecen al merecidamente alabado Oficio y a la Misa del Corpus Christi, uno de los grandes logros litúrgicos de la Edad Media, cuya poesía se mantiene en un nivel constantemente elevado de elocuencia y fervor. El Padre Paul Murray ha escrito un libro de lo más cautivador que debería ser de lectura obligatoria para todo tomista y todo teólogo católico: Aquinas at Prayer: The Bible, Mysticism, and Poetry (Bloomsbury, 2013). Aquino también prestó mucha atención a la estructura de la Misa, ofreciendo una exhaustiva «divisio textus» o esquema de la misma.
Cuando se lee sobre la vida de Santo Tomás, se descubre que era un hombre totalmente consumido por el amor a la Verdad divina —el lema dominicano es Veritas—, anhelando la visión beatífica del Rostro de Dios, y que saciaba su sed y la aumentaba con su participación diaria en el Banquete Sagrado de la Misa, el sacrum convivium, como él lo llama. Es verdaderamente, en todos los sentidos, un modelo para los católicos que persiguen la tarea de toda una vida de «la fe en busca de la comprensión». Al igual que los benedictinos con quienes pasó parte de su juventud, Santo Tomás conocía el secreto del ora et labora.
Él sostiene la antorcha dominica de la verdad para todas las generaciones sucesivas, plenamente consciente de que, por muy firme que sea nuestra confianza en la bondad de la naturaleza humana y, de hecho, de toda la creación, sin embargo, sin la gracia de Dios este orden caído terminará en polvo y cenizas, incapaz de adherirse a Dios en el amor y, más aún, incapaz de la unión bienaventurada con Dios mismo en la visión beatífica. Eso es lo que anhelamos, con suspiros y lágrimas, con gemidos demasiado profundos para expresarlos con palabras, alimentados de las palabras del Verbo, alimentados del Verbo mismo.
Originalmente publicado el 12 de octubre de 2022, en el sitio web OnePeterFive. Traducción original es nuestra. Nombre original: Seeing Holy Mass with Dominican Eyes
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