La fiesta de Corpus Christi: resumen y enseñanza
A modo de conocer los rasgos generales, características, elementos e historia de tan solemne fiesta litúrgica, el abad R. P. Andrés Azcárate (OSB) en su conocido tratado litúrgico llamado “La flor de la Liturgia” tiene una sección entera sobre esta. Es un resumen perfecto para conocer en general esta fiesta del Santísimo Sacramento del Altar. Aquí se les proporciona un extracto de dicha sección; hay otras partes que elabora el autor, pero por fines educativos, solo se van a publicar las más puntuales.
“La flor de la Liturgia” (1932) por el Reverendo Padre Andres Azcarate (OSB)
Antecedentes
El culto propiamente litúrgico del Santísimo Sacramento lo constituye hoy: la Misa y la Comunión diarias; la fiesta solemne del Corpus Christi, con su procesión y su octava de oficios, exposiciones y bendi- ciones; y la adoración en el triduo de Carnaval, de las XL Horas. Esto hoy, pero en los trece primeros siglos de la Iglesia, concretábase este culto oficial a la Misa y a la Comunión, que al principió ni siquiera eran diarias; a una conmemoración de la Institución del Sacramento, el día de Jueves Santo; y, en algunas iglesias, a la procesión con la Eucaristía el Domingo de Ramos y el de Pascua. Esto era todo, y aunque parezca poco comparándolo con lo de hoy, satisfacía las ansias eucarísticas de los primitivos cristianos, quienes indudablemente no amaban menos que nosotros a Jesús Sacramentado.
La Sagrada Eucaristía era para los primeros cristianos, como lo es para nosotros, el centro de todo culto litúrgico y el sol que daba vida y calor a todas sus asambleas religiosas. Cada día que había Misa, y muy pronto empezó a haberla diariamente, era una verdadera fiesta eucarística; y en ése sentido, cada semana y cada estación y todo el año litúrgico era para ellos, igual que para nosotros, una perenne conmemoración del Santísimo Sacramento. Aparte de ésto, existía la conmemoración solemne, aunque muy confundida con los misterios de la Pasión, del Jueves Santo, que algunos Padres y calendarios antiguos designaban con el nombre de “Natalis Cálicis”. La Santa Reserva, empero, sólo se conservaba para socorro de los en- fermos y de los mártires, y tan sencillo y sin ceremonial era el culto que se le tributaba, que una vez ence- rrada en la torrecilla, o en la paloma eucarística, o en el hueco abierto ex profeso en el muro del presbiterio o de la sacristía o en algún pilar del templo, casi no se ocupaban de ella los fieles ni el clero, mientras no ocurría necesidad práctica. Ni siquiera en la Misa se le hacían las genuflexiones, postraciones y reverencias que, en el andar de los siglos, para contrarrestar las herejías y el debilitamiento de la fe, fué menester introducir en el ceremonial litúrgico. Los cristianos de entonces amaban y adoraban rendidamente la Eucaristía y usábanla como un verdadero tutamentum mentís et corporis o “protección del alma y del cuerpo”, comulgando a menudo y utilizándola para usos diversos; pero no sentían todavía la necesidad de las Bendi- ciones, Exposiciones y otras expresiones externas del culto eucarístico, hoy tan en boga. “En el transcurso del siglo XII y a principios del XIII, adviértese en algunas iglesias particulares la preocupación de desarrollar el culto de la Santa Reserva; y Dios mismo iba a pedir la institución de una fiesta llamada a ser el triunfo de la presencia de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía”.
La fiesta de Corpus Christi
Empezada a celebrarse en Lieja, en el siglo XIII, con carácter local, como resultado de las maravillosas visiones de Sor Juliana de Monte Cornillon, la fiesta de Corpus Christi fué establecida, en 1264, por el Papa Urbano IV en la Iglesia universal, y fijada en el calendario el jueves siguiente al domingo de Trinidad. Poco después, asignósele una octava y una procesión solemne, y se la declaró fiesta de precepto, igualándose a las más clásicas del año eclesiástico.
En 1208 habitaba en los arrabales de Lieja en un monasterio de religiosas hospitalarias, una joven de 16 años, llamada Juliana de Monte Cornillon. Devotísima del Santísimo Sacramento, gustaba meditar profundamente en ese misterio de amor. Una noche vio en sueños una como luna llena, pero desportillada y oscura en uno de sus radios. La visión se repitió en adelante otras muchas veces. Al cabo de dos años de oraciones y penitencias, le pareció entender que el disco luminoso figuraba el ciclo de fiestas litúrgicas, y que el espacio vacío y oscuro acusaba en él la falta de una solemnidad importante, que era la del Santísimo Sacramento. Animada por sobrenatural impulso, trabajó con las autoridades eclesiásticas para que dicha fiesta se estableciera en la Iglesia, y en 1264 el Papa Urbano IV la extendió a la Iglesia universal; Clemente V, en 1311, la declaró obligatoria para toda la cristiandad, y Juan XXII, en 1316, la completó con una octava privilegiada y una solemne procesión.
Espíritu de esta solemnidad
“Aunque ya se hace memoria (de la institución de la Sagrada Eucaristía) en el cotidiano Sacrificio de la Misa, creemos no obstante que, para confundir la perfidia e insania de los herejes, es digno de que, por lo menos una vez al año, se celebre en su honor una fiesta especial. De esta manera se podrán reparar todas las faltas cometidas en todos los sacrificios de la Misa y pedir perdón de las irreverencias en que se haya incu- rrido durante su celebración y del descuido en asistir a ella…”. Así se expresaba el Papa Urbano IV en su Bula, indicando a la vez el objeto y el espíritu de esta nueva solemnidad.
Como se ve, todo gira aquí en torno a la idea del Santo Sacrificio de la Misa, que es el objeto principal de la devoción eucarística en general y de la fiesta del Corpus en particular. Es como un toque de atención para encarecer la importancia de la Misa, y una fiesta de reparación y desagravio por la defectuosa asistencia, por parte de unos, y la inasistencia, por parte de otros, al augusto Sacrificio.
El Oficio y la Misa del Santísimo
Para celebrar dignamente tan alto misterio como es la Sagrada Eucaristía, necesitábase un teólogo, un poeta y un santo, y Dios se lo deparó a la Iglesia, en el momento oportuno, en la persona del Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino, autor de la Misa y del Oficio del Santísimo, y adaptador de su música.
Hace [mucho tiempo se ha discutido] la originalidad de este incomparable Oficio litúrgico, pues se encuentra en los breviarios cistercienses de los siglos XV, XVI y XVII otro Oficio eucarístico que guarda con aquel numerosas analogías, que autores graves creen anterior al de Santo Tomás. La opinión hoy más autorizada y la que privará mientras no aparezca algún manuscrito del Oficio cisterciense anterior al siglo XIII o por lo menos al año 1264, es que éste está inspirado en el de Santo Tomás, y no al revés. Y aun cuando así no fuera, nadie podrá nunca dejar de ver y admirar en todos sus textos el poderoso influjo personal del ingenio y de la acendrada piedad de Santo Tomás.
Notables son, entre las piezas del Oficio, los himnos, los cuales, aunque obra de Santo Tomás, tienen bastante reminiscencias de otros del Breviario. De ellos el más conocido para los fieles es el Pange lingua, y sobre todo sus dos últimas estrofas Tantum ergo, y Genitore Genitoque.
De las piezas de la Misa, llamamos la atención sobre las cuatro completamente originales de Santo Tomás: las tres oraciones, y la Secuencia Lauda Sion. En la Colecta se presenta a la Eucaristía como memorial de la Pasión del Señor (fruto que se refiere al pasado); en la Secreta, como lazo de unión y de pacificación entre los miembros de la Iglesia militante (fruto que corresponde al presente); y en la Comunión, como prenda de los goces del cielo (fruto relativo al futuro).
La Secuencia “Lauda Sion” es un verdadero poema teológico de la Eucaristía. En forma rítmica y eminentemente popular, expuso Santo Tomás toda la delicada doctrina eucarística, hermanando la claridad con la profundidad, la sencillez con el lirismo. Por algún tiempo se dudó de la originalidad de esta secuencia, pero hoy está fuera de disputa que es obra exclusiva de Santo Tomás. En cuanto al metro y combinación de las estrofas, sigue fielmente a la secuencia del célebre poeta medieval Adán de S. Víctor Laudes Cruda attollamus, en honor de la Santa Cruz, cuya melodía también aplicó el Santo, como lo hizo con todos los demás textos melódicos de la Misa y del Oficio .
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