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La Visibilidad de la Iglesia por el Padre Roger Calmel

La Visibilidad de la Iglesia por el Padre Roger Calmel

Artículos | julio 20, 2026
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La voz, intelecto, raciocinio, luz, claridad e intransigencia del Padre Roger-Thomas Calmel (1914-1975) son atributos innegables de este valiente y fiel hijo de Santo Domingo. Este es un hombre que dio toda su vida al servicio de la Santa Iglesia y a propagar la sana doctrina.

La vida silenciada y deliberadamente olvidada del Padre Calmel se puede resumir en las siguientes palabras de un libro biográfico sobre su persona, que, entre otros elogios, lo describe así:

«Para el soldado, el sacrificio de la vida se acepta de antemano como inseparable de la defensa heroica de la patria carnal y los bienes espirituales que lleva; para el sacerdote, la posible soledad, deshonra y muerte se aceptan de antemano como inseparables de la función de ministro de la Palabra de Dios y Sus sacramentos; porque esta dispensación exige fidelidad a la Tradición y la negativa a entrar en complicidad con el sistema moderno de destrucción, fidelidad y negativa que se extienden hasta la muerte.»

-Fr. Jean-Dominique Fabre, Le père Roger-Thomas Calmel, ed. Clovis, 2012, p. 604.

Su tiempo de apostolado se puede dividir en dos periodos fáciles de distinguir: antes y después del Concilio Vaticano II. Antes del Concilio, como todo buen dominico, se dedicó a la docencia en general, al cuidado de las almas y a la vigilancia contra el error. Antes, durante y acabado el desastroso concilio, con mayor ímpetu continuó todo lo anteriormente mencionado, aunado ahora a una característica adicional que nos concierne. Su manifiesto rechazo a la destrucción conciliar, en conjunto y en detalle, es lo que lo ha transformado aberrante para los revolucionarios y los tibios.

Su sufrimiento por la revolución llevada a cabo por el concilio se puede resumir en los términos por él mismo expresados:

«Podemos decir en este momento que Jesús está en agonía en Su Iglesia. Por lo tanto, vigilaremos con la Iglesia en agonía—asegurados de que ella es efectivamente la misma Iglesia y que debemos ser cada vez más generosos, cada uno en su puesto, para vivir de ella y vivir en ella; así es como haremos compañía a Jesús en Su agonía.»

-op. cit. pg. 468-469.

Desde Pablo VI ya no hay una Iglesia, sino dos.

Obedeced a la Iglesia, obedeced a Roma, nos gritan los jerarcas y los silenciosos (alusión al movimiento de los Silencios de la Iglesia, lanzado por Pierre Debray, que quería reunir a los católicos conservadores… ¡en perfecta obediencia al Papa!).

Pueden gritar y expectorar sus pulmones hasta enfermarse, han dejado de impresionarnos, porque ahora sabemos que hay dos Romas, como hay dos Iglesias.

Obedecer a Roma, obedecer a la Iglesia, no deseamos otra cosa más que eso; estamos seguros de no hacer nada más.

Pero, precisamente, Roma, la única Roma, la Roma que todavía está en Roma, es la de los doscientos sesenta y dos pontífices, y que no se contradice con la Roma anterior a Pablo VI y anterior a “El” concilio.

La Iglesia, la única Iglesia, es aquella que no contrapone una Misa moderna a aquella de quince siglos de Misa; que no sustituye, hipócritamente, el catecismo de Trento por el “catecismo holandés”; que transmite la Sagrada Escritura íntegra, en lugar de manipularla; que mantiene intacto lo que aún queda de la vida religiosa contemplativa o activa, en lugar de desintegrarla y disolverla en nombre de la obediencia.

Obedecemos a la única Iglesia. No obedecemos a una iglesia modernista, una iglesia aparente, que está irremediablemente acoplada en los engranajes de un mundo con el cual ha pretendido desposarse.

Esta psudo-iglesia, bien puede estar empeñada en esclavizar a la única Iglesia, no nos engañamos.

No somos de la Roma que ya no está en Roma; no somos de la iglesia aparente y polivalente. Somos de la Iglesia eterna, de la Roma eterna.

Esta es el alma de nuestra resistencia.

Debemos tener el coraje de ver la realidad: por un proceso insensible, una iglesia aparente está tomando el lugar de la verdadera Iglesia.

Sabemos que no tendrá éxito; pero, en fin, la confusión y la corrupción pueden llegar muy lejos y hasta seducir, si fuese posible, a los mismos elegidos.

Me parece que es, sobre todo, por la extensión de la iglesia aparente que se realiza el crecimiento de la apostasía.

¿Cómo hemos descendido hasta este punto y con esta velocidad?

Sería, me parece, una explicación insuficiente tener en cuenta, únicamente, a los teólogos heterodoxos, o incluso la habilidad y la audacia de los innovadores frenéticos.

Ha sido necesaria, al mismo tiempo, la acción ininterrumpida de esos organismos ocultos, que son expertos en el arte formidable de orquestar consignas ambiguas (cuando no francamente heréticas), que las imponen poco a poco a los laicos o a los eclesiásticos, que sin parecer ejercen presión abrumadora sobre las autoridades oficiales.

Por lo tanto, cuidémonos de no olvidar a los masones de todo tipo y su funcionamiento metódico, cuando busquemos una explicación suficiente de esta novedad apocalíptica de los tiempos actuales: una Iglesia aparente que se infiltra en la Iglesia verdadera y trata de suplantarla.

Estamos hablando de infiltración. Se trata en efecto, hoy en día, de una penetración poco visible a una mirada superficial; poco aparente, insidiosa, más que de una abierta persecución.

Siguiendo las sugerencias de Roca y Saint-Yves d’Alveydre, los masones se preocupan menos de combatir violentamente a la Iglesia que de sustraerle suavemente, y bajo anestesia previa, lo que la constituye en sí misma: la vida sobrenatural y la estructura jerárquica con primado papal.

Originalmente publicado en el sitio web: Radio Cristiandad. Nombre original: Padre Roger-Thomas Calmel: la Visibilidad de la Iglesia. Todos los derechos a ellos. Traducción original es nuestra. Publicado aquí por fines educativos y de apostolado.

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